domingo, 8 de septiembre de 2013
martes, 6 de agosto de 2013
MENUDENCIAS VI
«Mujer, no deberías envejecer... tu destino debería ser el mismo que el arte que inspiras: eterno...» jcdm
jueves, 25 de julio de 2013
MENUDENCIAS V
« ¡Qué nada te detenga, mucho
menos el miedo a equivocarte! No desesperes,
no te apresures si las cosas no resultan como las habías planeado, la vida
misma es circunstancial, ¿cómo no habría de serlo todo aquello que de ella se
desprende? Nunca permitas que lo que te
detuvo hoy te detenga mañana. Cambia, renuévate
y trabaja en ello siempre. Nadie ha
nacido predestinado al éxito, sólo se ha esforzado en ello: es tan simple como
se lee. Tal vez no tengas un dios en
quien creer al igual que yo; sin embargo, siempre el hombre necesita en quien
creer… es nuestra naturaleza, y, de algún modo, nuestra fortaleza. Yo solo creo
en el límite de mis posibilidades, y trabajo en ampliar ese límite. ¡Por qué el
límite que tengas hoy, tan solo lo podrás cambiar tú!».
sábado, 29 de junio de 2013
Menudencias IV
LAS BALAS DEL DIABLO
Capítulo I
La mañana del 8
de noviembre 1915, París despertaba aletargada por bajas temperaturas. El bello Luxemburgo
adquiría un fina cubierta de escarcha por donde se le mirase y en su fuente
mayor flotaban los cadáveres de los cisnes que no le huyeron a la blanca mano
del invierno. Mis conciudadanos leían con alarma el L´ Mond o El Fígaro —no
importaba con cual se empezase pues ambos colaboraron en la redacción de la portada—. ¡Chenildieu arde! Tropas alemanas
bombardearon por más tres horas las trincheras del Reims.
Chenildieu es
una intendencia, más bien, una ciudad pequeña elevada a la categoría de
intendencia por razones históricas que hoy en día ya nadie recuerda; ubicada al
noroeste de Francia. Se llega en una hora sin dificultad con el tren de las
seis si se parte de Paris. Si se quiere, y, se tiene prisa, hay que tomar el de
las cuatro. El señor obispo de
Chenildieu, monseñor Charles-François de Foldendieus, es también el intendente de la misma. Gracias
a su gestión Chenildieu alcanzó un alto crecimiento en su producción de patatas
pues a petición suya se tramitó
asesoría técnica del Politécnico de
Paris. (Al fin encontré este archivo, ahora si podré continuarte).
Menudencias III
Mujeres
sin perfume
Anabela reza arrodillada frente a
la tumba de Cristina, lleva una acostumbrada rosa blanca creciendo en sus cabellos
rubios; es tan delgada y pálida que algunas veces, enfurecido con la pequeña Abrahel, le grite llorando que debería
quedarse aquí también. ¿Por qué siempre
Anabela? Anabela, mi pequeña mariposa de sueño, tiene muchos nombres. A
mediados de febrero el verano lo es también, y, en aquel dulce atardecer, llore
cual Boabdil, cual niño que ya no
era, porque en actitud desafiante,
mirándome con esos ojos leonados intento rasgarse las muñecas con el broche de
rodio de su madre. El vestido tipo charleston
que trae puesto me hace odiarla, le queda demasiado corto y suelto. Apenas le
llega a los muslos, pero hay algo en ella, en esa mirada limpia de toda
perversidad que la torna cándida y dulce. Me recuerda tanto a “Alicia en el país de…”, con sus bucles de
oro peinados con el viento que trae la suave mañana, y yo el conejo… el conejo
del té, mejor conejo-café… esa boca suya de labios delgados que me enamora los he degustado
cual savia frutada, cual abalorio rosado relleno con múltiples sabores que
estallan sin esfuerzo con la punta de la lengua. Sus pechos discretos me enamoran aun más.
—Anabela, ya es hora de irnos. Mira
que el cielo se hace nuboso.
Sus manos permanecen juntas, no me
ha escuchado.
Menudencias II
"...después sentía la boca
sucia, duraba un momento; algunas veces tomaba un relevo de resistencia. Pero
siempre cedía. Compartir el mismo masticable de menta mientras caminábamos
tomados de la mano no estaba mal. Pero que su boca se convirtiese en la herramienta
con la cual me alimentara, no hacía más que recordarme el raro hábito de las
aves para alimentar a sus pichones. Era yo como un pingüino adoptado por un
gorrión hembra de pechera rosa. Así lo imaginaba…”
viernes, 28 de junio de 2013
Menudencias I
«Encendí
el primer cigarrillo y di una bocanada lenta, adormilada, más como un bostezo.
Hace dos días que arrastraba un déficit de sueño.
En
el curso de administrativo el profesor nos tomo un examen de toda la LPAG. Casi
un mes y medio, y, según él, lo suficiente como para memorizar, incluso con
detalle, cada artículo.
El
día del examen llegue diez minutos antes del inicio; sin embargo, el profesor
y los demás alumnos me habían adelantado
y ya cada uno ocupaba su respectivo lugar… Sentí que me esperaban y sonreí al
entrar.
—
¡Alumnos! — Dijo el profesor señalando con el índice las seis en punto en su
reloj analógico—, la prueba ha empezado. Son 180 preguntas y hora y media hora
para resolverlas. Usen su Ley y todo lo que tengan a la mano para resolver la
prueba.
Cada
uno de nosotros traía la LPAG remarcada con resaltador amarillo. Bastaron sendos
movimientos con los dedos, tan específicos que bien pudo confundirlos un sordo o
un mudo con el lenguaje de señas, para repartirnos las preguntas.
—Si
será bien hijo de su madre —dije mirando la prueba—, el tío con este examen nos
está entrenando para la CORRUPCIÓN. »
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