"...después sentía la boca
sucia, duraba un momento; algunas veces tomaba un relevo de resistencia. Pero
siempre cedía. Compartir el mismo masticable de menta mientras caminábamos
tomados de la mano no estaba mal. Pero que su boca se convirtiese en la herramienta
con la cual me alimentara, no hacía más que recordarme el raro hábito de las
aves para alimentar a sus pichones. Era yo como un pingüino adoptado por un
gorrión hembra de pechera rosa. Así lo imaginaba…”
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