«Encendí
el primer cigarrillo y di una bocanada lenta, adormilada, más como un bostezo.
Hace dos días que arrastraba un déficit de sueño.
En
el curso de administrativo el profesor nos tomo un examen de toda la LPAG. Casi
un mes y medio, y, según él, lo suficiente como para memorizar, incluso con
detalle, cada artículo.
El
día del examen llegue diez minutos antes del inicio; sin embargo, el profesor
y los demás alumnos me habían adelantado
y ya cada uno ocupaba su respectivo lugar… Sentí que me esperaban y sonreí al
entrar.
—
¡Alumnos! — Dijo el profesor señalando con el índice las seis en punto en su
reloj analógico—, la prueba ha empezado. Son 180 preguntas y hora y media hora
para resolverlas. Usen su Ley y todo lo que tengan a la mano para resolver la
prueba.
Cada
uno de nosotros traía la LPAG remarcada con resaltador amarillo. Bastaron sendos
movimientos con los dedos, tan específicos que bien pudo confundirlos un sordo o
un mudo con el lenguaje de señas, para repartirnos las preguntas.
—Si
será bien hijo de su madre —dije mirando la prueba—, el tío con este examen nos
está entrenando para la CORRUPCIÓN. »
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